Mi hijo nació, ¿y ahora?…

Mi hijo nació, ¿y ahora?…

Cuando llega ese momento tan esperado y soñado, muchas veces no coincide con nuestras fantasías. “Mi hijo nació” y ahora quizás te invadan otros interrogantes ¡A no desesperar! Una no nace siendo madre, se aprende en el “siendo”.

Buscamos constantemente dar un sentido a nuestra vida. Sin ese sentido enfermamos, nos marchitamos… Y cada proyecto trae una ilusión, que mejora y redondea la imagen de nuestro objetivo. Este es un mecanismo sano y necesario para entrar en acción y mantenernos en ella.

¡Ser padres!
¡Qué fuerza da este mecanismo frente a la empresa de ser padres! La ilusión se refuerza y se realimenta constantemente para insuflar energías a tamaña aventura.

Cuando nos imaginamos a nuestro futuro hijo, no podemos evitar dibujarlo en nuestra mente con cachetes rosados y manitas regordetas, si bien sabemos que un recién nacido tiene un aspecto habitualmente “desmañado”.

Idealización o realidad
Esta idealización también se traslada a las sensaciones y sentimientos que aparecerán frente a él. Es tal el deseo de verlo y tenerlo en brazos que “congelamos” la imagen idílica de una madre amantísima que mira embelesada a su hijo. Y creemos que ese momento de ternura (real) se prolonga mágicamente a todo el día (¡irreal!).

En nuestro “soñar con el hijo” no caben las malas noches ni los pañales sucios. Peor aún, nos aferramos a sentencias tales como: “una madre renuncia a todo por amor a su hijo”.

Pero descontamos que el esfuerzo puede ser agotador y que el sacrificio duele porque el oficio de madre se aprende a “tropezones”.

Cuando damos vida, damos de la nuestra…
Y esto no se nos enseña. La literatura, el cine, la publicidad, cuentan de un amor de madre fluido, instintivo ¡Y no es siempre así!

Qué importante es prever las posibles dificultades. Reales, pero solucionables y pasajeras. Saber por ejemplo, que cuando surgen en la lactancia, la madre se siente muy frustrada: la sensación de incapacidad para alimentar bien a su bebé es muy angustiante. La mujer debe saber que es una sensación normal, frente a la impotencia que genera un bebé que llora y que aún no conoce lo suficiente como para calmarlo “siempre”.

Aprendiendo en el andar
Sólo a lo largo de los días (…y las noches) la madre irá reconociendo con más facilidad las necesidades de su hijo y podrá satisfacerlas sin tanta ansiedad.
También sabrá cuando “ya se le pasará” y podrá dejarlo llorar un poco, sin angustiarse.

De la misma manera que idealizamos el encuentro con el hijo, idealizamos la relación con nuestra pareja, y nos asustamos mucho cuando surgen los primeros desacuerdos.

Se necesita tiempo, paciencia y comprensión para reacomodarse. Todo esto significa una constante elasticidad en los roles y exige una gran plasticidad de espíritu.

 

Maruca Viel Temperley, Instructora en psicoprofilaxis del parto

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