Los niños y el deporte

Los niños y el deporte

Cuántas veces leímos en las revistas especializadas y las que no lo son tanto que los astros del deporte comenzaron pateando la pelota a los 4 años, o empuñando la raqueta a los 3? Está bien, lo hacían. ¿Pero, realmente practicaban esos deportes? Y, por otra parte: ¿ es bueno que los empujemos a ello?

Los psicopedagogos analizan el deporte como un camino más de aprendizaje en chicos para los que cada día es una aventura. Entre los dos y los cinco años de edad lo viven más como un juego y. a través de él desarrollan pequeñas habilidades y destrezas que fortalecen la confianza en sí mismos. “Recuerdo que cierta vez vi a mi sobrinito de un año y medio, jugando con una de esas zapatillas con ruedas que usan para desplazarse”, comenta la licenciada Cristina Caneda, psicopedagoga. “Andaba de aquí para allá hasta que se encontró con una vereda que subía. Eso no estaba previsto en sus cálculos. Se detuvo a pensar un ratito y. finalmente, se bajó de la zapatilla, y subió la cuesta con su andador al hombro.”

“La zapatilla no sólo le sirvió para desarrollar su fuerza, junto con la idea de que empujando se adelanta”, agrega la licenciada Caneda, “sino que absortos en esa tarea, van buscando y encontrando soluciones a los problemas que se presentan. En el jardín de infantes se metodologiza la educación física, pero hay una serie de actividades, del orden de lo cotidiano, que les ayudan a reconocer su esquema corporal. Aprenden acerca de su propio cuerpo: dónde está la cabeza: la izquierda: la derecha: atrás y adelante…”

¿Deporte o qué?

De todos modos, aún cuando una podría decir, estirando los términos, que un niñito de dos años que a duras penas logra empujar una pelota en cierta dirección, está jugando al fútbol, la actividad física desarrollada en esta etapa no suele ser definida como deporte. Hablar de deporte exige que se sigan ciertas reglas de juego muy precisas que ningún enano de semejante tamaño lograría comprender, menos aún aprender. Eso recién se logra a partir de los seis o siete años. Antes de esa etapa, suelen ser remisos a compartir los juguetes. ¡Ni hablar de traer otro nene a jugar a casa!.

“Los chicos, entre los dos y los cuatro años de edad, atraviesan una etapa de egocentrismo, de prolongados monólogos”, explica Cristina Caneda. “En los jardines de infantes, es muy común verlos reunidos en grupos alrededor de una mesa. Parecen charlar entre ellos. Pero, si uno presta atención, descubre que hablan solos, sin escucharse entre sí.”

Los deportes implican un juego en equipo. Incluso el tenis, aún cuando optemos por la variante singles, nos obliga a compartirlo con la persona que está del otro lado de la red. Quizás el atletismo pueda ser practicado en forma individual, pero estos niños son demasiado pequeños y aún no tienen la destreza para lanzar balas, discos y jabalinas: saltar en alto y en largo; correr largas carreras de resistencia y velocidad.

Ahora, si estos chicos no pueden prestarle un autito al nene de al lado y, para peor, cada vez que les decimos que no toquen algo, van corriendo a agarrarlo… ¿Cómo esperar que tengan la disciplina y la capacidad de ajustarse a un equipo, inherentes a todo deporte?

Juguemos al fútbol

“El fútbol es una excusa”, comenta Néstor Darío Villamil, especialista en educación física infantil e integrante del plantel de profesionales de la escuela de fútbol de Claudio Marangoni. “El fin es integrar a los chicos con sus pares y desarrollarlos en el aspecto psicomotriz.”

Allí son admitidos a partir de los cuatro años de edad y se trabaja en tres áreas. “La psicofísica es la clase en sí”, explica Villamil. “Se encara desde la individualidad dado que los niños están en una etapa egocentrista. Hay una pelota por chico y juegan siguiendo los objetivos trazados por el instructor, aunque ninguno se da cuenta de eso. La cognoscitiva tiene que ver con el conocimiento: el respeto por las normas mínimas, por el compañero, aprender a conservar su lugar y esperar su turno. La fundamental es la socio-afectiva y se relaciona con el beso, la palma-da y el buen contacto personal. Durante la hora de duración de la clase surgen diferentes consignas mediante las cuales vamos estimulándolos con recursos táctiles, visuales y auditivos: caricias, colores, palabras… Todavía no es momento de jugar al fútbol propiamente dicho, pero se arman grupos sin puestos fijos con los profesores incluidos. El juego comienza bajo la única consigna de tocar la pelota con las manos hasta que suene el silbato. En ese momento todos paran y revisan lo hecho.”

Un gabinete psicopedagógico coordinado por la licenciada Mónica Stockland sirve de apoyo a esta tarea. Allí no sólo se estudia la problemática de cada uno de los alumnos sino que se evalúa a los profesores.

Conveniencias

La pregunta que todos los padres nos hacemos a esta altura es: ¿Tengo que salir corriendo y anotarlo en un club o alguna escuelita de deportes? El Dr. Guillermo Fernández MacLoughlin, pediatra de la dirección de PAIDEIA, opina que no. “Personalmente, no creo que sea aconsejable la práctica de un deporte en chicos de esa edad, a menos que sea especialmente recomendada por razones terapéuticas, como la natación para un niño con pie plano. En ese caso, dado que su problema es la flaccidez de los músculos del pie, nadar ayuda a fortalecerlos.”

“Lo que ellos necesitan es descargar energías”, continúa el Dr. Fernández MacLoughlin, “y para eso, la plaza alcanza. Mientras exista una posibilidad de acción y aire libre, el club puede esperar.” Agrega, por otra parte que según su experiencia, ningún chico se inicia en el deporte si no va acompañado por sus padres. Y esto abre un nuevo interrogante: ¿nuestros hijos quieren hacer deportes o nosotros los obligamos?

Existen ambos casos. Si ellos están interesados, no hay razón alguna para que se los prohibamos. Eso es a menos que el médico lo contraindique. Lo mejor es buscar un profesor entrenado para lidiar con chicos, que los vigile de cerca y atienda sus problemas y necesidades personalmente.

Ahora, si ese hijo no tiene interés alguno en ese deporte que los padres practicamos o en los deportes en general, lo que hay que hacer es escucharlo y, desde ya, no obligarlo. Evitémosles el tormento de ser sometidos a nuestro fanatismo por el fitness. Aún son chiquitos y, con lo inquietos que son, no necesitan tonificar sus músculos como nosotros. No van a sacar ningún provecho de ir a un lugar donde no quieren estar, atareados en actividades que no quieren practi-car. Sólo va a resultar una experiencia traumática.

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