El niño ¿cómo constituye el pudor de su propio cuerpo?

El niño ¿cómo constituye el pudor de su propio cuerpo?

¿Qué relación tiene tu hijo con su propio cuerpo? ¿A qué responde esta conducta? ¿Cómo aprende acerca del pudor?

El recién nacido va tomando conciencia de su cuerpo a través de las sensaciones corporales que experimenta de los cuidados que le da su mamá: los baños, la alimentación, los mimos.

Las sensaciones quedan inscritas en su memoria. Esto sucede cuando experimenta gratos momentos pero también el displacer favorece este reconocimiento. Cuando tiene dolor de panza, por ejemplo, le permite reconocer que su cuerpo también siente cosas “feas”. Siente el dolor en una parte de su cuerpo y localiza donde está su panza.

Así, poco a poco, el bebé toma conciencia de que con su cuerpo puede reconocer asperezas, suavidad, frio, calor, el adentro y el afuera.

 

La evolución del reconocimiento
Luego el bebé comienza a chuparse los dedos de la mano, de los pies; coordina sus manos, pies y boca. Esta es otra forma de reconocer las partes de su cuerpo.

Hasta los 3 años, aproximadamente, el bebé  es un cúmulo de pulsiones. Nada le permita darse cuenta qué está bien y qué mal. No existe la represión.  Pero, cuando aparecen las pautas morales afloran los “diques culturales” que delimitan al niño en una cultura determinada ¡Aquí aparece el pudor!

El pudor en las distintas culturas
El pudor tiene que ver con los tabúes. También implica la idea de “lo mío” y “lo tuyo”, los límites. Surge el cuestionamiento “¿qué voy a compartir y con quién?”

El pudor varía según la cultura. Por ejemplo, en nuestra cultura, los genitales no pueden ser mostrados públicamente. Pero, hay culturas que desplazan el pudor fuera del cuerpo y es impúdico comer en público. El tabú es la comida, no el cuerpo.

El cuerpo en nuestra cultura
Las significaciones que el cuerpo tiene en nuestra cultura va gestando una forma de relacionarse con él: una manera de portarlo, de cuidarlo, de mostrarlo y de disfrutarlo.

Debido a que estos “diques culturales” forman parte de nuestra identidad, es imposible alterarlos. Por eso, aunque nos guste hacer topless y nos animemos a hacerlo en alguna playa brasileña, nunca nos saldrá como a las nativas.

El bagaje cultural lo llevamos en la piel. Una cosa es desnudar nuestros pechos como “transgresión” y otra muy distinta es hacerlo “naturalmente”, como se hace en ciertos lugares.

Aceptando los límites
Vivir en una cultura implica renunciar a una serie de conductas instintivas y aceptar ciertas prohibiciones. Instintivamente nos gustaría superar esta relación tan pudorosa con el propio cuerpo, y el no poder hacerlo podría generar cierto malestar.

Pero, debemos saber que, seguramente, las mujeres y hombres de otras culturas también estén experimentando el pudor de distinta forma según los dictámenes de su cultura. Y, desde ese lugar, seguramente sientan el mismo malestar que nosotros.

“Ser” en sociedad
Es condición de la vida en sociedad el contenerse de realizar ciertos deseos.
La cultura nos da un sentido de pertenencia indispensable para vivir en sociedad, para ser parte de la misma.

El pudor determina, entonces, la forma en que nos vamos a expresar en nuestro contexto. Lo que se le pueda transmitir a un niño en una sociedad no es lo mismo que lo que aprende en otra.

Es imposible que un niño escape de las pautas culturales que  mama desde que nace. Aunque una pequeña ande desnuda por la casa, seguramente no lo hará en la casa de una amiga.  De lo contrario, recibiría una mirada reprobatoria de los demás, aprenderá la pauta cultural.

Todas estas experiencias en la evolución psicosexual determinan la forma en que cada adolescente y cada adulto vivirá su propio cuerpo.

 

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