¿Se puede mantener el orden con un bebé en casa?

¿Se puede mantener el orden con un bebé en casa?

Con un bebé, ¿se puede mantener el orden?

Con la llegada de mi hija sabíamos que nuestras vidas cambiarían. Pero no imaginábamos el “tsunami” que se nos avecinaba. Todo se transformó. Les voy a contar qué nos pasó…

Mi primer salida sin marido ni beba fue a la Feria del Libro con una amiga. La recorrimos tan entusiasmadas como lo habíamos hecho años anteriores. Nada había cambiado y mi vida parecía “normal”. Sin embargo, al pagar los libros, algo nos llamó la atención. Las dos tuvimos que revolver nuestras carteras para rescatar los “plásticos” salvadores. Ella –soltera e independiente -sacó: un rouge, un perfume, el ipad, el celular y -por fin- ¡la billetera! Pegadita a ella, estaba yo embarcada en similar empresa. Pero de mi cartera salieron: una mamadera, un sonajero, una cadenita porta chupete, toallitas húmedas y, finalmente, la tarjeta de crédito. Al mirarnos, no aguantamos la risa. ALGO, sin dudas,  había cambiado en mi vida.

Ordenando mi mente

Poner orden en mi cartera fue lo más fácil que hice ¡Ni se imaginan lo que me costó ordenar la casa! Y, lo peor: ordenar mi cabeza. Acostumbrarme a responder a tanta demanda, habituarme a que no era yo quién decidía cuando ir a dormir no fue fácil.

Con el tiempo pude organizar de algún modo la vida de Antonia. Los horarios para alimentarla seguidas por el cambio de pañal, baño a las 7 y plaza con el solcito de la tarde. Mi hija me hizo entender que cierta disciplina era indispensable ¡Pero de esto no se dieron cuenta nuestros amigos y parientes!

Solos contra el mundo

Con mi pareja sentimos que nuestros amigos se confabulaban contra nosotros. Ni bien se dormía Antonia, ¡ellos llegaban a casa! ¿Qué era lo primero que querían hacer? ¡Verla! A pesar de nuestros ruegos corrían a su cuarto, encendían la luz, proclamaban frases halagadoras, la acariciaban, la daban vuelta para ver a quién se parecía… y finalmente, con voz de “yo no fui” me avisaban: “Uy… la beba se despertó…”

¡¡¡¡Auxilio!!!!

Los quería  matar porque, por supuesto, cuando ellos se iban, nosotros dos nos quedábamos despiertos acunando a Antonia -que a esa altura estaba con una mufa increíble- ¡y nosotros también!

También venían mis amigas. Divinas ellas, decían venir a saludarme, conocer a la beba y darme una mano. Sin embargo, siempre sospeché que el objetivo real encubierto era hacer realidad la fantasía de volver a jugar a las muñecas o a la mamá ya que soy la primera en ser madre dentro del grupo.

Dormían a Antonia en brazos, cantándole dulcísimas canciones de cuna. El mejor argumento que se me ocurrió fue decirles que no quería acostumbrarla a dormirse en brazos. Cualquier cosa con tal de que dejaran de toquetearla y fastidiarla.

Las cosas por su nombre

Claro, es tan lindo “malcriar” hijos ajenos… Pero, lo peor fue cuando sentíamos que alguno atentaba contra nuestros principios ideológicos de la maternidad. Porque, a medida que Antonia crecía desarrollábamos verdaderas teorías acerca del vínculo con nuestra hija y sobre cómo realizarlo. Por ejemplo, éramos fanáticos de llamar las cosas por su nombre: la caca es caca y no “cosita”. El pito se llama así y no “pirulín”.

Todo por la borda

Gran sorpresa tuvimos cuando escuchamos a la baby-sitter diciéndole “Ahí está el cuco” cuando Antonia quería salir al patio. ¡Qué desilusión! ¡Meses de elaboración teórica se venían abajo en cuestión de instantes! ¡Así nadie puede organizarse!

Con lo que nos cuesta poner un poco de orden, cuando creemos que lo logramos, aparece alguien que, como quitando la pieza de abajo de una pila de cubos te desmorona todo lo construido con sudor y lágrimas.

Acepten mi consejo:

Conserven la firmeza. Háganse de valor y. cuando sea necesario, no dejen de gritar: “Por favor… ¡no me rompan el orden!” Y recuerden…persevera y triunfarás.

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